RecuerdosSubo al desván y abro el baúl de los recuerdos, me encuentro frente a frente conmigo misma hace muchos años.

Cuando era pequeña, vivía con mi mamá y mis abuelos, mis tíos y tías me veían como una más de sus hermanas, claro que también jugaban conmigo y me cuidaban, y se turnaban para hacerme reír o tenerme entretenida.

En esa casa que recuerdo con un patio enorme hubo varios perros, y hasta un ganso que un día Don Lupe, el carnicero, le regaló a mi abuelita, se llamaba "Camisullo".

Después vivimos en un cuartito chiquitito, en el que apenas cabía una cama, pero fue por poco tiempo, porque después nació mi hermano y ya no cabíamos los 4 en sólo una cama.

Recuerdo que jugaba con los niños de la cuadra, nos subíamos a un árbol que estaba a la vuelta de la esquina, jugábamos "bebeleche", a las escondidas, andábamos en bicicleta, jugábamos hasta con los carritos, y también fut-beis.

Un poco más adelante nos fuimos a otra ciudad, entré a una escuela de puras niñas, ¡qué horror! pero fueron sólo 5 años, recuerdo que calcé del mismo número de segundo a 6to de primaria, ya en ese entonces me consideraba de pie grande, ahora sigo batallando para encontrar zapatos de mi talla.

Recuerdo a mi abuelita haciendo todo tipo de galletas y pasteles, y dándonos a probar sus creaciones, también le ayudábamos de vez en cuando, en su casa siempre olía rico, a comida recién hecha, y su cuarto era el lugar donde yo dormía en un colchón en el piso, cuando iba de visita, mientras ella y mi abuelito estaban en su cama .

Los recuerdo a ellos dos, haciendo sus oraciones cada noche, un padre nuestro, tres avemarías y varias jaculatorias, siempre pidiendo por todos los hijos y todos los nietos, no podían dormir si no rezaban antes. 

Recuerdo que no jugaba con muñecas, nunca me gustaron, recuerdo los libreros llenos de Selecciones del Reader’s Digest de hacía muchos años, recuerdo los libros de Time Life sobre vida salvaje, la enciclopedia llamada el tesoro de la juventud.

Antes no había peligro de salir a la calle, todos los vecinos de la cuadra se conocían, así que sólo bastaba decir “Mamá, voy a casa de fulanito”, y listo, antes la vida era así, ahora, tenemos que andarnos con cuidado, no hay que dejar que los niños salgan solos ni a la esquina, en el ayer quedaron los paseos en bicicleta por la calle sin casco, coderas ni rodilleras, ahora hay que ponerse una verdadera armadura para salir.

No puedo quejarme, me gustó mucho todo lo que viví en esos años, en Tampico y en Victoria, tuve una infancia feliz, y lo mejor del caso, es que sigo siendo una persona feliz.