Noche en la ciudad La gran ciudad iluminada por farolas de colores palidecía ante los bellos tonos del atardecer, hacia el horizonte los tonos rojos del sol que se despedía de un día más, parecían evocar un dragón hambriento, lanzando llamas para engullir de un solo bocado la gran urbe que se extendía a nuestros pies.

Nada podría habernos preparado para los momentos siguientes, de pronto todo se oscureció, adentro y afuera sólo penumbra, más que penumbra, oscuridad total, no podíamos ver ni el contorno de nuestras narices.

El dragón no era imaginario, había despertado, y no sólo eso, aprovechó el momento del crepúsculo para engullirnos, estábamos entre sus tripas, un ruido ensordecedor amenazaba con hacernos perder la razón. De pronto comenzamos a echar de menos las épocas en las que un fiero y bravo caballero a caballo se enfrentaba con sólo una lanza y una espada para combatir contra los poderosos dragones que asolaban los pueblos medievales.