Desierto De pronto me invadió una enorme angustia. Tenía muchas ganas de llorar. No cabía la menotr duda, el trabajo estaba acabando conmigo. Y lo peor del caso es que no supe cuando dejé de trabajar para vivir por vivir para trabajar.

Todo alrededor se confabulaba en contra mía y llegó un momento en el que no supe bien a bien qué terreno estaba pisando. Cada día de mi vida se convertía en un suplicio.

Dejé de reír, de disfrutar a mi familia y a mis amigos, y todo ¿para qué? De nada sirvió deslomarme trabajando, pues no conseguí nada de lo que anhelaba. Me fui convirtiendo en una ermitaña histérica, fanática del orden y de la limpieza.

Cambié mi ropa de domingo por sobrios uniformes, perdí mi personalidad y todo esto en aras de forjarme un futuro mejor. Pero, ¿cuál futuro? La mera verdad es que no tenía ya a nadie con quién compartir lo poco que había logrado, pues ni los desvelos ni las horas extras sin goce de sueldo fueron suficientes para formar un patrimonio.

Y hoy mírenme, sólo soy estos huesos y esta carne, nada queda de mí en este mundo. Nada ni nadie.

Pude haber llevado una vida más tranquila, pude haber disfrutado más, tuve la oportunidad de amar y ser amada y la desperdicié vilmente enfrascándome en cosas sin sentido y sin futuro. Y hoy esto es todo lo que queda de mí.

Escribo estas líneas momentos antes de partir de este mundo para siempre, ojalá que al menos alguien las encuentre y se dé cuenta a través de mis palabras y mi experiencia que nada hay más valioso en este mundo que el AMOR y que éste no se puede comprar ni alquilar, que lo único que puede traer amor a nuestras vidas es nuestra capacidad de recibirlo y retornarlo.

Ese es el secreto de la vida, no hay otro. Ojalá que alguien sepa valorarlo.